– Pareces un depredador -comentó Daphne-. ¿En qué piensas?

– Estaba preguntándome si todavía le dedicas tiempo a la escultura.

Daphne sabía perfectamente que no era cierto, que no estaba pensando en eso, pero contestó de todas maneras.

– Me sigue encantando esculpir, pero no siempre tengo tiempo.

– Ahora que lo pienso, voy a hacer que te traigan arcilla. Así, durante el tiempo que estés aquí, podrás dedicarte a ello.

– ¿Cuánto tiempo tienes pensado mantenerme encerrada aquí?

– Todavía no lo he decidido.

– Entonces, de verdad, tenemos que hablar de Brittany.

Justo en aquel momento, las enormes puertas doradas se abrieron y entró un ejército de criados con varios carros.

– La cena -anunció Murat poniéndose en pie.

Murat había dejado el menú a elección de su cocinero, que no lo defraudó en absoluto. A Daphne también le encantó la cena, a juzgar por el gusto con el que se había tomado el postre de chocolate.

– Estaba todo increíble -comentó-. Si viviera aquí, me pondría como una foca.

– No siempre comemos tanto -sonrió Murat.

– Menos mal. Mañana voy a tener que hacer cincuenta vueltas corriendo al jardín -contestó Daphne dando un trago al vino-. A menos que para mañana ya me hayas devuelto mi libertad.

– ¿Otra vez con eso?

– Por supuesto. No pretenderás tenerme aquí para siempre.

– No te creas que no se me había pasado por la cabeza volver a utilizar el harén -bromeó Murat.

Daphne lo miró con los ojos muy abiertos.

– Qué gracioso -comentó rezando para que estuviera bromeando-. Para que lo sepas, no tengo ninguna intención de presentarme voluntaria.

– Al principio, a casi ninguna mujer le hace gracia, aunque es un gran honor, pero, con el tiempo, llegan a disfrutar de esta vida de lujo y placer. ¿Qué más se puede pedir?

– ¿Libertad y autonomía, quizá?

– Saberse deseada por un hombre confiere mucho poder. Las mujeres inteligentes han aprendido a utilizarlo en su provecho para, así, gobernar sobre el gobernador.



22 из 128