
Daphne asintió sin decir nada.
Había familias cuyos miembros eran muy competitivos en los deportes, otras se echaban en cara su situación social y económica. En la suya, lo más importante era el poder, tanto político como de cualquier otra clase. Una de sus hermanas se había casado con un senador que tenía pensado presentarse a las elecciones presidenciales y la otra se había casado con un empresario con contactos a los más altos niveles.
Ella había sido la única que había elegido un camino diferente.
Daphne se sentó en el borde de la butaca y tomó las manos de Brittany entre las suyas.
– Te quiero -le dijo mirándola a los ojos-. Te quiero más que nadie en el mundo. Te considero prácticamente mi hija.
– Yo también te quiero mucho -contestó Brittany sinceramente -. Siempre me has ayudado. Incluso más que mi propia madre.
– Entonces, te pido por favor que pienses muy bien lo que vas a hacer. Eres joven e inteligente y puedes hacer con tu vida lo que tú quieras, puedes tener todo lo que desees en el mundo. ¿Por qué quieres atarte a un hombre al que ni siquiera conoces y vivir en un país en el que nunca has estado? ¿Y si no te gusta Bahania?
Daphne sabía que no era muy probable que eso sucediera porque Bahania era un país maravilloso, pero estaba dispuesta a intentar por todos los medios que su sobrina recapacitara sobre su decisión.
– Lo de viajar no es lo que tú te crees -añadió antes de que a Brittany le diera tiempo de interrumpirla-. Los viajes que hagas serán visitas de estado en las que no podrás salirte del protocolo ni lo más mínimo. En cuanto accedas a casarte con el príncipe, no podrás quedar con ninguna amiga para ir al centro comercial o al cine.
