
Era el segundo hombre, el agradable.
– Usted ha hecho enfadar a mi amigo, señor Khoury -dijo-. Es difícil de tratar cuando está alterado.
– Creo que sería mejor que usted hiciera las llamadas de ahora en adelante.
– No veo…
– Porque de ese modo podemos tratar este asunto en lugar de obsesionarnos por el drama -añadió-. Él habló de un millón de dólares. Eso está fuera de toda discusión.
– ¿No cree que ella lo vale?
– Ella vale cualquier cantidad. Pero…
– ¿Cuánto pesa ella, señor Khoury? ¿Cincuenta y cinco, sesenta, algo más o algo menos?
– Yo no…
– Podríamos decir que unos cincuenta kilos.
– Simpático.
– Cincuenta kilos a veinte el kilo… Bueno, haga la cuenta por mí, señor Khoury, ¿quiere? Resulta un millón, ¿no?
– ¿Cuál es el juego?
– El juego es que usted pagaría un millón por ella si fuera coca, señor Khoury. Pagaría eso si ella fuera polvo. ¿No vale tanto en carne y hueso?
– No puedo pagar lo que no tengo.
– Tiene mucho.
– No tengo un millón.
– ¿Qué tiene?
Había tenido tiempo para pensar la respuesta.
– Cuatrocientos.
– ¿Cuatrocientos mil?
– Sí.
– Eso es menos de la mitad.
– Son cuatrocientos mil -insistió-. Es menos que algunas cosas y más que otras. Es lo que tengo.
– Podría conseguir el resto.
– No veo cómo. Es probable que pudiera hacer algunas promesas y pedir algunos favores y juntar algo de esa manera, pero no tanto. Y me llevaría por lo menos algunos días, probablemente más de una semana.
– ¿Supone que tenemos prisa?
– Soy yo quien tiene prisa -se impacientó-. Quiero que me devuelvan a mi esposa y los quiero a ustedes fuera de mi vida, y tengo mucha prisa por las dos cosas.
– Quinientos mil.
¿Ven? Había elementos que podía controlar después de todo.
