
– Dios mío, ¿qué quiere…?
– Conteste la pregunta, señor Khoury.
– Sí, la quiero en casa. Claro que la quiero en casa.
– Y yo quiero ayudarle. Mantenga el teléfono libre, señor Khoury. Estaré en contacto.
– ¿Hola? -dijo-. ¿Hola?
Pero la línea estaba muda.
Durante diez minutos caminó por la habitación a grandes zancadas, esperando que el teléfono sonara. Luego, una calma helada descendió sobre él y se relajó. Dejó de caminar y se sentó en una silla junto al teléfono. Cuando sonó, descolgó el receptor, pero no dijo nada.
– ¿Khoury? -Esta vez era el primer hombre, el bruto.
– ¿Qué quiere?
– ¿Qué quiero? ¿Qué mierda cree que quiero?
No contestó.
– Dinero -dijo el hombre después de un momento-. Queremos dinero.
– ¿Cuánto?
– Maldito negro del arroyo, ¿desde cuándo las preguntas las hace usted? ¿Me lo quiere decir?
Esperó.
– Un millón de dólares. ¿Cómo te suena eso, idiota?
– Eso es ridículo. Mire, no puedo hablar con usted. Haga que su amigo me llame. Tal vez pueda hablar con él.
– Eh, gitano inmundo, ¿qué estás tratando de…?
Esta vez fue Khoury quien cortó la comunicación.
Le pareció que era por el control.
Tratar de controlar una situación como ésta era lo que te volvía loco. Porque no podías hacerlo. Ellos tenían todas las cartas.
Pero si uno no aflojaba la necesidad de controlarla, podía al menos dejar de bailar al ritmo de su música, arrastrando los pies como un oso amaestrado en un circo búlgaro.
Fue a la cocina y se preparó una taza de café cargado y dulce en el recipiente de cobre de mango largo. Mientras se enfriaba, sacó una botella de vodka del frigorífico y se sirvió dos medidas. La tomó de un solo trago y sintió cómo una calma helada le envolvía por completo. Se llevó el café a la otra habitación y estaba terminándolo cuando el teléfono volvió a sonar.
