Toda la casa estaba libre de micrófonos ocultos, de eso estaba seguro. Tenía dos dispositivos, ambos supuestamente los más modernos. Tenían que serlo, a juzgar por lo que le habían costado. Uno era una alarma para la intervención del aparato, instalado en la línea telefónica. Cualquier cambio en el voltaje, resistencia o capacitancia en cualquier lugar de la línea, lo detectaba el dispositivo. El otro era una pista de rastreo que analizaba automáticamente el espectro de las longitudes de onda radiales, en busca de micrófonos ocultos. Había pagado cinco mil, no, seis mil, por las dos unidades. Y lo valían si mantenían la intimidad de sus conversaciones privadas.

Era casi una lástima que no hubiera habido policías escuchando durante las dos últimas horas. Policías que rastrearan al que hacía las llamadas, que cayeran sobre los secuestradores y que le devolvieran a Francey…

No, era lo último que necesitaba. La policía lo estropearía todo, por más arreglos que propusieran. Tenía el dinero. Pagaría y la recuperaría. Hay cosas que se pueden controlar y otras que no se pueden. Él podía controlar el pago del dinero, controlar hasta cierto punto cómo iba eso, pero no podía controlar lo que pasaría después.

«No llame a nadie.» «¿A quién podría llamar?» Descolgó el teléfono una vez más y marcó un número de memoria. Su hermano contestó al tercer timbrazo.

– Petey, te necesito aquí -le dijo-. Coge un taxi, yo te lo pago, pero ven inmediatamente. ¿Me oyes?

Una pausa y luego se oyó:

– Niño, haría cualquier cosa por ti, ya lo sabes…

– ¡Entonces, sube corriendo a un taxi!

– … pero no puedo meterme en nada que tenga que ver con tu trabajo. Sencillamente no puedo, niño.

– No es el trabajo.

– ¿Qué es?

– Se trata de Francine.

– ¿Qué pasa? No importa, me lo dices cuando llegue. Estás en casa, ¿no?

– Sí, estoy en casa.

– Voy a coger un taxi. Ya voy.



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