
Era casi una lástima que no hubiera habido policías escuchando durante las dos últimas horas. Policías que rastrearan al que hacía las llamadas, que cayeran sobre los secuestradores y que le devolvieran a Francey…
No, era lo último que necesitaba. La policía lo estropearía todo, por más arreglos que propusieran. Tenía el dinero. Pagaría y la recuperaría. Hay cosas que se pueden controlar y otras que no se pueden. Él podía controlar el pago del dinero, controlar hasta cierto punto cómo iba eso, pero no podía controlar lo que pasaría después.
«No llame a nadie.» «¿A quién podría llamar?» Descolgó el teléfono una vez más y marcó un número de memoria. Su hermano contestó al tercer timbrazo.
– Petey, te necesito aquí -le dijo-. Coge un taxi, yo te lo pago, pero ven inmediatamente. ¿Me oyes?
Una pausa y luego se oyó:
– Niño, haría cualquier cosa por ti, ya lo sabes…
– ¡Entonces, sube corriendo a un taxi!
– … pero no puedo meterme en nada que tenga que ver con tu trabajo. Sencillamente no puedo, niño.
– No es el trabajo.
– ¿Qué es?
– Se trata de Francine.
– ¿Qué pasa? No importa, me lo dices cuando llegue. Estás en casa, ¿no?
– Sí, estoy en casa.
– Voy a coger un taxi. Ya voy.
