
Mientras Peter Khoury buscaba un taxi que quisiera llevarle hasta la casa de su hermano en Brooklyn, yo observaba a un grupo de periodistas de la ESPN que comentaban la probabilidad de un aumento salarial de los jugadores. No me afligí cuando sonó el teléfono. Era Mick Ballou, que llamaba desde el pueblo de Castlebar, en el condado de Mayo. La voz se oía con la misma nitidez de una campana; podría estar llamando desde el salón de atrás de la casa de Grogan.
– Este lugar es grandioso -decía-. Si crees que los irlandeses de Nueva York están locos, deberías ir a Irlanda. De cada dos locales, uno es un bar. Y nadie se va antes de la hora de cerrar.
– Cierran temprano, ¿no?
– ¡Demasiado temprano, maldita sea! Pero en el hotel tienen que servir bebidas a cualquier hora a cualquier huésped que las pida. Para mí, ése es el rasgo distintivo de un país civilizado, ¿no te parece?
– Y que lo digas.
– Lo malo es que todos fuman. Siempre están encendiendo cigarrillos y pasando el paquete para invitar. Los franceses todavía son peores en ese sentido. Cuando estuve en Francia visitando a los parientes de mi padre, se cabrearon conmigo porque no fumo. Creo que los norteamericanos son los únicos en todo el mundo que han tenido la sensatez de dejar de fumar.
– Encontrarás a unos cuantos fumadores en este país, Mick.
– Buena suerte para ellos, entonces, sufriendo en los vuelos y en los cines, y con todas las prohibiciones en los lugares públicos.
Contó una larga anécdota acerca de un hombre y una mujer que había conocido noches antes. Era graciosa y ambos reímos y luego me preguntó por mí y le dije que estaba muy bien.
– ¡Así que estás bien!
– Tal vez un poco inquieto… He tenido mucho tiempo libre últimamente. Y hay luna llena.
– Así es -dijo-. Aquí también.
– Qué coincidencia.
– Pero siempre hay luna llena sobre Irlanda. Por suerte siempre llueve, de manera que no tienes que mirarla todo el tiempo. Matt, tengo una idea. Coge un avión y ven para acá.
