– ¡Nos han jodido! -protestó Kenan.

– ¿Y si miramos el maletero?

Abrió la guantera y tiró de la palanca del maletero. Dio la vuelta y levantó la tapa. Allí no había nada, sólo la rueda de recambio y el gato. Acababa de cerrar la portezuela, cuando el teléfono público sonó a unos diez metros de distancia.

Corrió hacia él y lo asió con vehemencia.

– Váyanse a casa -dijo el hombre-. Es probable que ella llegue antes que ustedes.


Fui a mi reunión vespertina habitual, al doblar la esquina de mi hotel, en St. Paul, pero me retiré en el descanso. Volví a mi cuarto y llamé a Elaine y le conté la conversación con Mick.

– Creo que tendrías que ir -observó-. Creo que es una gran idea.

– ¿Qué te parece si vamos los dos?

– ¡Oh, no sé, Matt! Eso significaría perder mis clases.

Estaba asistiendo a un curso los jueves por la tarde en Hunter. En realidad, acababa de regresar de allí cuando la llamé. «El arte y la arquitectura hindúes durante el dominio de los mongoles.»

– Iremos una semana o diez días -dije-. Perderías una clase.

– Una clase no es gran cosa.

– Exactamente, de manera que…

– Lo cierto es que en verdad no quiero ir. Sería un estorbo, ¿no? Tengo en mi mente tu imagen y la de Mick corriendo por la campiña y enseñándoles a los irlandeses a armar líos.

– Es toda una imagen.

– Pero lo que quiero decir es que sería como una salida de muchachos con la noche libre, ¿no? ¿Y quién quiere cargar con una chica? En serio, no tengo deseos especiales de ir y sé que estás inquieto y creo que te haría muchísimo bien. ¿Nunca has estado en ningún lugar de Europa?

– Nunca.

– ¿Cuánto hace que Mick se fue, un mes?

– Aproximadamente.

– Creo que tendrías que ir.

– Tal vez -rezongué-. Lo pensaré.



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