
Ella no estaba allí.
En ningún lugar de la casa. Kenan iba compulsivamente de cuarto en cuarto, sabiendo que no tenía sentido, sabiendo que no habría podido atravesar el sistema de alarma sin apagarlo o anularlo. Cuando se le terminaron las habitaciones, volvió a la cocina, donde Peter estaba haciendo café.
– Petey, esto verdaderamente apesta -dijo.
– Ya lo sé, niño.
– ¿Estás haciendo café? Yo no quiero. ¿Te molesta si tomo una copa?
– Me molesta si yo la tomo, no si la tomas tú.
– Sólo pensé…, no importa. Ni siquiera la quiero.
– Ahí es donde diferimos, niño.
– Sí, me lo imagino. -Se volvió hacia su hermano-. ¿Por qué mierda me están llevando de acá para allá, Petey? Dicen que va a estar en el coche y luego no está. Dicen que va a estar aquí y no está. ¿Qué mierda está pasando?
– Tal vez se hayan quedado atascados en el tráfico.
– Hombre, ¿y ahora qué? ¿Nos quedamos aquí sentados, bien jodidos, y esperamos? Ni siquiera sé qué estamos esperando. Ellos tienen el dinero y nosotros, ¿qué tenemos? Mierda es lo que tenemos. No sé quiénes son ni dónde están, no sé un carajo, Petey, ¿qué hacemos?
– No lo sé.
– Creo que está muerta -aulló.
Peter estaba callado.
– Porque… ¿Por qué no habrían de hacerlo, los hijos de puta? Ella podría identificarlos. Es más seguro matarla que devolverla. Matarla, enterrarla, y ése es el final de lodo. Caso cerrado. Eso es lo que yo haría si fuera ellos.
– No, no lo harías.
– Dije si fuera ellos. No lo soy. En primer lugar no secuestraría a una mujer, una señora amable e inocente que nunca le hizo ningún daño a nadie, que nunca tuvo un pensamiento cruel…
– Tranquilo, niño.
Se quedaban callados y luego la conversación volvía a empezar, porque ¿qué otra cosa podían hacer? Después de media hora, el teléfono sonó y Kenan saltó hacia él.
– Señor Khoury.
