– ¿Dónde está Francine?

– Le pido disculpas. Hubo un ligero cambio en los planes.

– ¿Dónde está?

– Dé la vuelta a la manzana, en… en la Calle 79. Creo que es el lado sur de la calle, a tres o cuatro casas de la esquina.

– ¿Qué?

– Hay un coche estacionado en lugar prohibido junto a una boca de incendios. Un Ford Tempo gris. Su esposa está en él.

– ¿Está en el coche?

– En el maletero.

– ¿La han metido en el maletero?

– Hay suficiente aire. Pero hace frío fuera esta noche, así que sáquela de allí lo más pronto posible.

– ¿Hay alguna llave? ¿Cómo…?

– La cerradura está rota. No necesitará llave.

– El coche está calle abajo, a la vuelta de la esquina -dijo a Peter-. ¿Qué ha querido decir con eso de que la cerradura está rota? Si el maletero no está cerrado con llave, ¿por qué Francine no puede salir? ¿De qué habla?

– No lo sé, niño.

– Tal vez esté atada. Esparadrapo, esposas, algo que le impide moverse.

– Tal vez.

– ¡Maldita sea, Petey…!

El coche estaba donde se suponía que tenía que estar. Un Tempo escacharrado, de varios años de antigüedad, con el parabrisas astillado y la puerta del copiloto abollada. La cerradura del maletero faltaba por completo. Kenan levantó la puerta de golpe.

No había nadie allí. Sólo paquetes, bultos de diversas clases envueltos en plástico negro y atados con cinta adhesiva.

– No -exclamó Kenan.

Se quedó allí diciendo «No, no, no». Después de un rato, Peter sacó uno de los paquetes del maletero; llevaba una navaja en el bolsillo, la abrió y cortó la cinta. Desenrolló a lo largo el plástico negro -no era diferente de las bolsas de basura en las que habían entregado el dinero- y extrajo un pie humano, cortado varios centímetros por encima del tobillo. Tres uñas mostraban círculos de esmalte rojo. Los otros dos dedos faltaban.

Kenan echó la cabeza hacia atrás y aulló como un perro.



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