
– Hay mucho de eso.
– Sí, supongo que sí. El otro día unos tipos secuestraron a mi esposa, la cortaron en pedacitos, la envolvieron en bolsas de plástico y me la han devuelto en el maletero de un coche. Tal vez ésa sea la tensión que todos los demás están sufriendo. No sabría decirlo.
– Tranquilo, niño -dijo Pete.
– No, estoy bien -se disculpó Kenan-. Matt, siéntese un minuto. Déjeme que se lo cuente todo, de pe a pa, y después decide si quiere hacerlo o no. Olvide lo que dije antes. No me preocupa a quién se lo va a contar o no. Sólo que no quiero decirlo en voz alta porque lo hace real. Pero ya es real, ¿no?
Me largó toda la historia, contándomela en lo esencial como yo la referí antes. Había algunos detalles que surgieron, más tarde, de mi propia investigación, pero los hermanos Khoury ya habían desenterrado cierta cantidad de información por su cuenta. El viernes habían encontrado el Toyota Camry donde ella lo había estacionado, en Atlantic Avenue, y eso les llevó a El gourmet árabe, mientras que las bolsas de comida del maletero les permitieron saber que ella había parado también en D'Agostino.
Cuando terminó de contármelo, decliné la otra taza de café y acepté un vaso de agua mineral.
– Tengo algunas preguntas que hacer -dije.
– Adelante.
– ¿Qué hizo con el cadáver?
Los hermanos intercambiaron una mirada y Pete le hizo un gesto a Kenan para que continuara. Éste respiró hondo y explicó:
– Tengo un primo que es veterinario. Tiene un hospital para animales en…, bueno, no importa dónde está, por el barrio viejo. Lo llamé y le dije que necesitaba entrar de incógnito en su lugar de trabajo.
– ¿Cuándo fue eso?
– Lo llamé el viernes por la tarde y el viernes por la noche me dio la llave y fuimos allí. Tiene una unidad, supongo que usted lo llamaría un horno, que usa para incinerar los animales que sacrifica. Cogimos el…, cogimos el…
