
– Lo siento. No quería despertarte -le dije.
– No pasa nada. ¿No puedes dormir?
– Es evidente que no. Me siento excitado, no sé por qué.
– Lee en la sala de estar. O enciende la tele. No me molestará.
– No -dije-. Estoy demasiado inquieto. Un buen paseo me sentará bien.
La casa de Elaine está en la Calle 51, entre la Primera y Segunda Avenidas. Mi hotel, el Northwestern, está en la 57, entre la Octava y la Novena. Hacía bastante frío aquella noche, así que al principio pensé que podía coger un taxi, pero después de caminar una manzana entré en calor.
Mientras esperaba que cambiara el semáforo eché una ojeada a la luna, visible entre dos edificios altos. Estaba casi llena, cosa que no me extrañó. En la noche flotaba una sensación que agitaba mareas en la sangre. Me sentía como con ganas de hacer algo y no se me ocurría qué.
Si Mick Ballou hubiera estado en la ciudad, podría haber ido a su bar a buscarlo. Pero estaba fuera del país, y no me apetecía ninguna clase de bar, con lo nervioso que estaba. Me fui a casa y cogí un libro y, cerca de las cuatro, apagué la luz y me dormí.
A eso de las diez estaba a la vuelta de la esquina, en Flame. Tomé un desayuno ligero y leí un periódico, poniendo toda la atención en los sucesos locales y en las páginas de deportes. Hablando genéricamente, estábamos entre dos crisis, así que no prestaba mucha atención al conjunto. En realidad, la mierda tiene que llegar al ventilador y salpicarme antes de que me interese por los asuntos nacionales e internacionales. Si no es así, me parecen demasiado remotos y mi mente se niega a interesarse por ellos.
Dios sabe que tenía tiempo de leer todas las noticias, los anuncios de trabajo y los económicos.
