La semana anterior había tenido tres días de trabajo en Reliable, una importante agencia de detectives con oficinas en Flatiron Building, pero no habían tenido nada más para mí desde entonces, y el último trabajo hecho por mi cuenta había sido hacía mucho. Andaba bien de dinero, de manera que no necesitaba trabajar, y siempre he podido encontrar la manera de arreglármelas, pero me habría alegrado tener algo que hacer. La inquietud de la noche anterior no se había ido al acuitarse la luna. Todavía estaba allí, una fiebre baja en la sangre, una picazón debajo de la piel, donde no me podía rascar.


Francine Khoury pasó media hora en D'Agostino, llenando el carrito de la compra. Pagó al contado y un dependiente cargó sus tres bolsas otra vez en el carrito y salió del establecimiento siguiéndola calle abajo hasta donde estaba estacionado el coche.

La furgoneta azul de reparto estaba estacionada junto a la boca de incendios. Sus puertas traseras estaban abiertas; dos hombres habían bajado de ella y, al parecer, inspeccionaban algo que había en el portacuadernos que sostenía uno. Cuando Francine pasó junto a ellos, acompañada por el dependiente, la miraron. Pero cuando abrió el maletero del Camry, los dos estaban otra vez en el interior de la furgoneta, con las puertas cerradas.

El chico puso las bolsas en el maletero. Francine le dio dos dólares, que era el doble de lo que la mayor parte de la gente le daba, por no hablar del porcentaje increíblemente alto de compradores que no le daban propina. Kenan le había enseñado a dar buenas propinas, sin ostentación pero con generosidad.

– Siempre podemos permitirnos el lujo de ser generosos -le decía.

El empleado llevó el carrito al supermercado. Francine se sentó al volante, puso el motor en marcha y se dirigió hacia el norte por la Cuarta Avenida.

La furgoneta azul de reparto se mantenía a media manzana de distancia.

No sé exactamente qué camino tomó Francine para ir desde D'Agostino hasta la tienda de ultramarinos de Atlantic Avenue.



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