
Por supuesto, el padre de mi padre lo llevaba a cazar y a pescar, le enseñó a jugar a la pelota, lo llevaba a las fiestas de cumpleaños, y todas esas pequeñeces que cuentan mucho en la adultez. Mi padre, por otro lado, era un desconocido para mí, alguien a quien poco conocí en realidad. Durante los primeros cinco años de mi vida pensaba que todos los padres vivían en otros lados. Fue hasta que mi mejor amigo, Eric Hunter, me preguntó en el kinder quien era ese tipo a quién vio en mi casa la noche anterior, que me di cuenta de que algo no era muy correcto sobre la situación.
"Es mi padre", dije orgullosamente.
"¡OH!", dijo Eric cuando hurgó en mi lonchera, buscando mi Milky Way, "no sabía que tenías un padre".
Conversación que me hizo sentir como si algo golpeara directo en mi cara.
Así que, crecí bajo el cuidado de mi madre. Ella era una linda dama, dulce y gentil, esa clase de madre con la que la mayoría de las personas sueñan. Pero ella no fue, y nunca podría ser, una influencia varonil en mi vida, y ese hecho, unido con mi creciente desilusión con mi padre, me hizo ser un tanto rebelde, incluso a una edad joven.
