Ahora, al viejo no le caía muy bien, en lo absoluto, a pesar de que mi padre fue a la iglesia de Hegbert siempre que estaba en pueblo, que no era tan a menudo francamente. Hegbert, además de su creencia de que los fornicadores estaban destinados a limpiar los orinales en el infierno, también creía que el comunismo era "una enfermedad que condenaba humanidad a la disipación". Aunque disipación no era una palabra – no pude encontrarla en ningún diccionario – los feligreses sabían lo que significaba. También sabían que estaba dirigiendo sus palabras específicamente a mi padre, que estaba sentando con sus ojos cerrados y fingiendo no escuchar. Mi padre estaba en uno de los Comités que supervisaban la "Influencia Roja" que supuestamente se estaba infiltrando en cada aspecto del país, incluyendo la defensa nacional, la educación superior e incluso el cultivo de tabaco. Usted tiene que recordar que esto era durante la guerra fría; las tensiones estaban muy altas, y nosotros los originarios de Carolina del Norte necesitábamos algo para traerlo a un nivel más personal. Mi padre estaba constantemente buscado los hechos, que eran irrelevantes para las personas como Hegbert. Después, cuando volvíamos a casa después de la iglesia, mi padre decía algo como "El reverendo Sullivan estaba bastante raro hoy. Espero que hayas escuchado esa parte sobre la escrituras donde Jesús estaba hablando de los pobres…".

"Sí, seguro, papá…".

Mi padre trataba de distender la situación como le fuera posible. Pienso que eso es por lo que se quedó en el congreso por tanto tiempo. El tipo podía besar a los bebés más feos conocidos por la humanidad y todavía tendría algo bonito que decir. "Es un niño tan apacible", diría cuándo un bebé tenía una cabeza gigante, o, "Apuesto que es la niña más melodiosa en el mundo entero", si ella tuviera una marca de nacimiento sobre su cara entera. Una vez una dama apareció con un niño en una silla de ruedas. Mi padre le echó un vistazo y dijo, "Apuesto diez a uno a que eres el más listo en tu clase".



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