
Myron levantó las manos e hizo su mejor imitación de Norm.
– ¿Quién ha dicho nada de una niñera? -Era mejor que su Hombre Elefante, pero nadie corrió a llamar a Rich Little.
Ella sonrió.
– De acuerdo -asintió con un gesto-. Acepto el trato.
– Estoy agradablemente sorprendido.
– Pues no deberías sorprenderte. Si no lo hago, Norm podría contratar a algún otro que quizá no fuese tan sincero. De esta manera sé las reglas del juego.
– Tiene sentido -dijo Myron.
– Pero hay condiciones.
– Ya lo suponía.
– Poder hacer lo que quiera cuando lo desee. No va a ser un cheque en blanco para invadir mi intimidad.
– Por supuesto.
– Si te digo que te pierdas un rato, tú preguntas hasta dónde te pierdes.
– Correcto.
– Y nada de espiarme sin que yo lo sepa -añadió. -Vale.
– Te mantienes fuera de mis asuntos.
– Aceptado.
– Si paso la noche fuera, no dices ni una palabra.
– Mudo.
– Si escojo participar en una orgía con pigmeos, no dices nada.
– ¿Puedo mirar al menos? -inquirió Myron.
Eso produjo una sonrisa.
– No pretendo parecer difícil, pero ya he tenido demasiadas figuras paternas en mi vida. Quiero que quede bien claro que no vamos a estar juntos las veinticuatro horas del día o nada parecido. Ésta no es una película con Whitney Houston y Kevin Costner.
– Algunos aseguran que tengo cierto parecido a Kevin Costner.
Myron le dedicó una rápida imitación de aquella sonrisa cínica y traviesa, a lo Bull Durham.
Ella lo miró de pies a cabeza.
– Sí, quizás en la línea del pelo.
Ay. En mitad de la cancha, Sandy Duncan con perilla comenzó a llamar de nuevo a Ted. Su comitiva le imitó. El nombre de Ted rebotó en la cancha como bolas de plastilina.
– ¿Entendido?
– Perfectamente -dijo Myron. Se removió en la silla-. ¿Y ahora quieres explicarme qué está pasando?
