
Ted -tenía que ser un tío llamado Ted- hizo su entrada triunfal por la derecha. Llevaba sólo un pantalón corto marca Zoom y su abdomen estaba cincelado como un mapa en relieve hecho en mármol. Tenía unos veinte y pocos años, guapo al estilo de los modelos y entrecerraba los ojos como un guardia de prisión. Mientras avanzaba contoneándose hacia la pista, no dejaba de pasarse las manos por su pelo negro azulado al estilo de Superman, el movimiento aumentaba su pecho y estrechaba su cintura, dejando a la vista las axilas afeitadas.
– Un gallito gilipollas -murmuró Brenda.
– Un comentario del todo injusto -señaló Myron-. Quizás es un erudito de Fulbright.
– He trabajado antes con él. Si Dios le diese un segundo cerebro, moriría de soledad. -Su mirada se dirigió a Myron-. Hay una cosa que no entiendo.
– ¿Qué?
– ¿Por qué tú? Eres un agente deportivo. ¿Por qué Norm te pediría que fueses mi guardaespaldas?
– Solía trabajar… -se interrumpió para mover la mano en un gesto vago-, para el gobierno.
– Nunca lo oí mencionar.
– Es otro secreto.
– Los secretos no duran mucho contigo, Myron.
– Puedes confiar en mí.
Ella se lo pensó.
– Bueno, eres un blanco que conseguía saltar -dijo-. Supongo que si podías hacer eso, quizá puedas también ser un agente deportivo de confianza.
Myron se echó a reír, y después mantuvieron un incómodo silencio. Él irrumpió con una nueva pregunta.
– ¿Quieres hablarme de las amenazas?
– No hay gran cosa que decir.
– ¿Es todo invención de Norm?
Brenda no respondió. Uno de los maquilladores aplicó aceite en el pecho lampiño de Ted, que continuaba mirando a la multitud con su expresión de tipo duro. Demasiadas películas de Clint Eastwood. Ted apretó los puños y continuó flexionando los pectorales. Myron decidió que podía dejarse de rodeos y comenzar a odiar a Ted ya mismo.
Brenda permaneció en silencio. Myron decidió enfocar el tema por otro lado.
