
– ¿Dónde vives ahora? -preguntó.
– En una de las residencias de la Universidad de Reston.
– ¿Todavía vas a la facultad?
– A la de medicina. Cuarto año. Acabo de conseguir una prórroga para jugar al baloncesto profesional.
Myron asintió.
– ¿Has escogido especialidad?
– Pediatría.
Él asintió de nuevo y decidió aprovechar la coyuntura.
– Tu padre debe estar muy orgulloso de ti.
Una sombra cruzó su rostro.
– Sí, supongo. -Comenzó a levantarse-. Será mejor que me vaya a cambiar para la sesión.
– ¿No querrías explicarme antes qué está pasando?
Ella permaneció en su asiento.
– Papá ha desaparecido.
– ¿Desde cuándo?
– Hace una semana.
– ¿Fue entonces cuando comenzaron las amenazas?
Brenda eludió la respuesta.
– ¿Quieres ayudarme? Encuentra a mi padre.
– ¿Es él quien te está amenazando?
– No te preocupes por las amenazas. A papá le gusta el control, Myron. La intimidación es sólo una herramienta más.
– No te entiendo.
– No tienes por qué entenderlo. Sois amigos, ¿no?
– ¿De tu padre? Hace más de diez años que no veo a Horace.
– ¿Y de quién es la culpa? -preguntó ella.
Las palabras, por no mencionar el tono amargo, le sorprendieron.
– ¿Qué se supone que quieres decir con eso?
– ¿Todavía le aprecias?
Myron no tuvo que pensárselo.
– Sabes de sobra que sí.
Ella asintió y se levantó de un salto.
– Tiene problemas -dijo-. Encuéntralo.
2
Brenda reapareció con un pantalón corto de lycra Zoom y lo que se llama comúnmente un sostén deportivo. Era puras piernas, brazos, hombros, músculos y sustancia, y si bien las modelos profesionales miraron furiosas su tamaño (no su altura porque la mayoría de ellas también medían un metro ochenta), Myron pensó que destacaba como una brillante supernova junto a, bueno, unos entes gaseosos.
