– Tiene que ver con Brenda Slaughter -comenzó Myron.

– ¿La jugadora de baloncesto?

– Sí.

– La he visto jugar un par de veces -comentó Esperanza-. En televisión se la ve estupenda.

– También en persona.

Hubo una pausa. Después Esperanza preguntó:

– ¿Crees que participa del amor de nombre impronunciable?

– ¿Eh?

– ¿Se mueve hacia las mujeres?

– Vaya -dijo Myron-. Me olvidé de mirar si tenía el tatuaje.

Las preferencias sexuales de Esperanza cambiaban como las de un político en un año sin elecciones. En estos momentos parecía haberse decantado por el sexo masculino, pero Myron suponía que era una de las ventajas de la bisexualidad: amar a todos. Él no tenía ningún problema al respecto. En el instituto había salido casi exclusivamente con chicas bisexuales.

– No importa -afirmó Esperanza-. En realidad me gusta David. -Su actual novio. No duraría-. Pero tienes que admitirlo, Brenda Slaughter está como un tren.

– Admitido.

– Puede ser divertida para una noche o dos.

Myron asintió al teléfono. Un hombre de menor categoría podría haber imaginado unas cuantas imágenes exclusivas de la ágil belleza española en las garras de la pasión con la extraordinaria amazona negra del sostén deportivo. Pero no Myron. Demasiado mundano.

– Norm quiere que la vigilemos -explicó Myron.

La puso al corriente. Cuando acabó, la oyó soltar un suspiro.

– ¿Qué? -preguntó.

– Por Dios, Myron, ¿somos representantes o de la agencia Pinkerton?

– Es para conseguir clientes.

– No te lo crees ni tú.

– ¿Qué demonios significa eso?

– Nada. ¿Qué quieres que haga?

– Su padre ha desaparecido. Su nombre es Horace Slaughter. A ver qué puedes averiguar sobre él.



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