
– Voy a necesitar ayuda.
Myron se frotó los ojos.
– Creía que íbamos a contratar a alguien permanente.
– ¿Y quién tiene tiempo?
Silencio.
– Bien -dijo Myron. Suspiró-. Llama a Big Cyndi. Pero hazle saber que sólo está a prueba.
– Vale.
– Y si entra algún cliente, quiero que Cyndi se esconda en mi despacho.
– Sí, vale, lo que tú quieras.
Colgó el teléfono.
Cuando acabó la sesión fotográfica, Brenda Slaughter se le acercó.
– ¿Dónde vive ahora tu padre? -preguntó Myron.
– En el mismo lugar.
– ¿Has estado allí desde que desapareció?
– No.
– Entonces comenzaremos por allí.
3
Newark. Nueva Jersey. La parte mala. Casi una redundancia.
Decadencia era la primera palabra que venía a la mente. Los edificios estaban más que ruinosos; en realidad se estaban cayendo, derretidos por una especie de ácido. Aquí la renovación urbana era un concepto tan conocido como el del viaje en el tiempo. El entorno se parecía más a un noticiario de guerra -Frankfurt después del bombardeo aliado- que a un lugar habitable.
El vecindario se veía incluso peor de lo que recordaba. Cuando Myron era un adolescente, él y su padre habían circulado por esas mismas calles; incluso las puertas del coche parecían cerrarse de pronto como si notasen el inminente peligro. El rostro de su padre se tensaba. «Un retrete», solía murmurar. Su padre había crecido no muy lejos de allí, pero de eso hacía ya mucho tiempo. Él era el hombre que Myron amaba e idolatraba por encima de cualquier otro, el alma más amable que había conocido, y ahora apenas si podía contener la furia. «Mira lo que han hecho con el viejo barrio», decía.
Mira lo que han hecho.
Ellos.
El Ford Taurus de Myron pasó a poca velocidad junto a la vieja cancha. Los rostros negros lo miraron con furia.
