Myron asintió.

– ¿No fue fácil para ti, verdad? Venir a jugar a estos lugares.

– Tu padre hizo que fuese fácil -respondió él.

Ella sonrió.

– Nunca comprendí por qué le caías bien. Por lo general, odiaba a los blancos.

Myron fingió una exclamación. -¿Pero soy blanco? -Como Pat Buchanan.

Ambos forzaron una risa. Myron lo intentó de nuevo.

– Háblame de las amenazas.

Brenda miró a través de la ventanilla. Pasaron por un lugar donde vendían tapacubos. Centenares, si no eran miles, de tapacubos resplandecían al sol. Un extraño negocio si te parabas a pensarlo. La única vez que alguien necesita un tapacubos nuevo es cuando te lo roban. Y los tapacubos robados acababan en lugares como éste. Un miniciclo fiscal.

– Recibo llamadas -comenzó ella-. Sobre todo por la noche. Una vez dijeron que me harían daño si no encontraban a mi padre. Otra, que más me convenía mantener a mi padre como agente o si no…

Se detuvo.

– ¿Alguna idea de quiénes son?

– No.

– ¿Alguna idea de por qué alguien busca a tu padre?

– No.

– ¿O por qué tu padre desapareció?

Ella negó con la cabeza.

– Norm dijo algo de un coche que te seguía.

– No sé nada al respecto -afirmó ella.

– La voz en el teléfono -prosiguió Myron-. ¿Es la misma cada vez?

– No lo creo.

– ¿Hombre o mujer?

– Hombre. Blanco. Al menos, suena a blanco.

Myron asintió.

– ¿Horace juega?

– Nunca. Mi abuelo jugaba. Perdió todo lo que tenía, que no era mucho. Papá nunca jugó.

– ¿Pidió dinero prestado?

– No.

– ¿Estás segura? Incluso con ayuda financiera, tu enseñanza ha tenido que costar lo suyo.

– Tengo una beca desde que cumplí los doce años.

Myron asintió. Delante un hombre iba dando tumbos por la acera. Vestía ropa interior de Calvin Klein, botas de esquí diferentes, y uno de aquellos grandes sombreros rusos como el doctor Zhivago. Nada más. Ni camisa ni pantalones. Su mano sujetaba la boca de una bolsa de papel como si la estuviese ayudando a cruzar la calle.



17 из 269