
– ¿Cuándo comenzaron las llamadas? -preguntó Myron.
– Hace una semana.
– ¿Cuando desapareció tu padre?
Brenda asintió. Tenía algo más que decir. Myron se dio cuenta por la forma de mirarlo. Guardó silencio y esperó.
– La primera vez -añadió ella en voz baja-, la voz dijo que llamase a mi madre.
Aguardó a que continuase. Cuando fue obvio que no lo haría, preguntó:
– ¿Lo hiciste?
– No -respondió ella con una sonrisa triste.
– ¿Dónde vive tu madre?
– No lo sé. No la he visto desde que tenía cinco años.
– ¿Cuando dices que no la has visto…?
– Sólo me refiero a eso. Nos abandonó hace veinte años. -Brenda por fin se volvió hacia él-. Pareces sorprendido.
– Supongo que sí.
– ¿Por qué? ¿Sabes cuántos de esos chicos que acabamos de dejar atrás han sido abandonados por sus padres? ¿Crees que una madre no puede hacer lo mismo?
Estaba en lo cierto, pero sonaba más a una hueca racionalización que a un verdadero convencimiento.
– ¿Así que no la has visto desde que tenías cinco años?
– Así es.
– ¿Sabes dónde vive? ¿La ciudad, el estado o lo que sea?
– Ni idea.
Ella intentó con todas sus fuerzas mostrarse indiferente.
– ¿No tienes ningún contacto con ella?
– Sólo un par de cartas.
– ¿Alguna dirección del remitente?
Brenda negó con la cabeza.
– El matasellos era de Nueva York. Es todo lo que sé.
– ¿Puede saber Horace dónde vive?
– No. Ni siquiera ha pronunciado su nombre en estos veinte años.
– Al menos no a ti.
Ella asintió.
– Quizá la voz en el teléfono no se refería a tu madre -opinó Myron-. ¿Tienes una madrastra? ¿Tu padre se volvió a casar o vive con alguien?
– No. Desde mi madre no ha habido nadie más.
