Porque muy pronto llegará un asesino. Está seguro. Myron buscó algún significado en el paisaje, pero sólo dio con más clichés. Habían pasado dos semanas desde el funeral. Los hierbajos y las margaritas ya habían comenzado a aparecer entre la tierra y se elevaban hacia el cielo. Esperó a que su voz interior comenzase con el típico rollo de que las hierbas y las margaritas representaban los ciclos y la renovación y la vida que continuaba, pero la voz permaneció piadosamente callada. Buscó la ironía en la radiante inocencia del patio escolar -las desvaídas marcas de tiza en el asfalto negro, los triciclos multicolores, los columpios con cadenas un tanto oxidadas- bañada por las sombras de las lápidas que observaban a los niños como silenciosas centinelas, pacientes, casi llamándolos. Pero la ironía no se aguantaría. En los patios de las escuelas no hay inocencia. Allí también hay matones y sociópatas a la espera, psicosis en vías de expansión y mentes jóvenes llenas de un odio prenatal sin diluir.

«Vale -pensó Myron-, ya está bien de charla abstracta por hoy.»

Pero en lo más profundo de su ser, reconoció que este diálogo era sólo una pura distracción, un juego de manos filosófico para impedir que su frágil mente se partiese como una rama seca. Deseaba tanto hundirse, dejar que sus piernas cediesen, caer al suelo y escarbar la tierra con las manos desnudas, suplicar perdón y pedirle a un poder superior que le diese una nueva oportunidad.

Pero eso tampoco ocurriría.

Myron oyó las pisadas que se acercaban por detrás. Cerró los ojos. Era tal como esperaba. Las pisadas se acercaron. Cuando se detuvieron, Myron no se volvió.

– Usted la mató -dijo Myron.

– Sí.

Un bloque de hielo se derritió en el estómago de Myron.

– ¿Se siente mejor ahora?

El tono del asesino acarició la nuca de Myron con una mano fría y calculadora.

– La pregunta es, Myron, ¿y usted?



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