
Ella negó con la cabeza.
– Entonces eres otro neanderthal.
– ¿Qué?
– ¿Por qué ibas a ir a por ellos? ¿Para defender mi honor? Soy una mujer de veinticinco años. No necesito nada de toda esa mierda caballeresca.
– Pero…
– Pero nada. Todo este asunto, que tú estés aquí… yo no soy una feminista radical ni nada por el estilo, pero todo es un montón de mierda machista.
– ¿Qué quieres decir?
– Si yo tuviese un pene entre las piernas, tú no estarías aquí. Si mi nombre fuese Leroy y recibiese un par de llamadas extrañas, no te interesaría tanto ir a proteger al pobrecito, ¿no?
Myron titubeó demasiado.
– ¿Cuántas veces me has visto jugar? -prosiguió ella.
El cambio de tema lo pilló por sorpresa.
– ¿Qué?
– Fui la jugadora número uno durante tres años seguidos. Mi equipo ganó dos campeonatos nacionales. Estábamos siempre en el canal de deportes y durante las finales aparecíamos en la CBS. Fui a la Universidad de Reston, que sólo está a media hora de tu casa. ¿Cuántos de mis partidos has visto?
Myron abrió la boca, la cerró.
– Ninguno -admitió.
– Así es. El baloncesto femenino no vale la pena.
– No es eso. Ya no miro mucho los deportes.
Comprendió lo pobre que sonaba la excusa.
Ella negó con la cabeza y permaneció en silencio.
– Brenda.
– Olvida todo lo que he dicho. Fue una tontería sacar el tema.
Su tono dejaba poco espacio para una continuación. Myron quería defenderse, pero no tenía idea de cómo. Optó por el silencio, una opción que probablemente debería escoger más a menudo.
– Gira a la derecha en la siguiente -le señaló ella.
– ¿Entonces qué pasó después? -preguntó él.
Brenda lo miró.
– A los gamberros que te decían cosas. ¿Qué pasó después de que tu padre fuese a por ellos?
– Intervinieron los guardias de seguridad antes de que pasase nada. Expulsaron a los chicos del gimnasio. Y a papá también.
