
Silencio.
– ¿Entonces por qué alguien preguntaría por tu madre después de veinte años? -preguntó Myron.
– No lo sé.
– ¿Alguna idea?
– Ninguna. Durante veinte años para mí ha sido como un fantasma. -Señaló adelante-. Gira a la izquierda.
– ¿Te importaría si pongo un rastreador en tu teléfono? ¿Por si llaman de nuevo?
Ella meneó la cabeza.
Condujo siguiendo sus indicaciones.
– Háblame de la relación con tu padre.
– No.
– No pretendo ser un entrometido…
– Es irrelevante, Myron. Da lo mismo que le quiera o le deteste, todavía tienes que encontrarlo.
– Conseguiste una orden de alejamiento para mantenerlo apartado, ¿no?
No dijo nada por un instante. Luego respondió:
– ¿Recuerdas cómo era en la cancha?
Myron asintió.
– Un loco. Y quizás el mejor maestro que he tenido.
– ¿Y el más apasionado?
– Si -admitió Myron-. Me enseñó a superar lo de no jugar con tanta delicadeza. No es siempre una lección fácil.
– Correcto, y tú eras sólo otro chico al que se aficionó. Pero imagínate ser su propio hijo. Ahora imagínate esa pasión en la cancha mezclada con el miedo a perderme. Que huiría y lo abandonaría para siempre.
– Como tu madre.
– Correcto.
– Sería paralizante -dijo Myron.
– Más bien diría asfixiante -le corrigió ella-. Hace tres semanas estábamos jugando un partido promocional en el instituto de East Orange. ¿Lo conoces?
– Claro.
– Un par de tipos entre los espectadores comenzaron a montar un escándalo. Dos chicos del instituto. Pertenecían al equipo de baloncesto. Estaban borrachos o drogados, o quizá no eran más que unos gamberros. No lo sé. Pero comenzaron a gritarme cosas.
– ¿Qué clase de cosas?
– Cosas feas y muy gráficas. Sobre lo que les gustaría hacer conmigo. Mi padre se levantó y fue a por ellos.
– No puedo decir que lo culpe -dijo Myron.
