Se llevó una mano a la barbilla y volvió la cabeza. El silencio se prolongó unos instantes.

– ¿Eres bueno en esto, Myron? -preguntó Brenda-. ¿Investigando?

– Eso creo -respondió él.

Brenda sujetó la manecilla de la puerta y tiró.

– ¿Puedes encontrar a mi madre?

No esperó una respuesta. Salió del coche a toda prisa y subió las escaleras. Myron la observó desaparecer en el edificio colonial. Luego puso en marcha el coche y se fue a su casa.


Encontró un hueco en la calle Spring, delante mismo del ático de Jessica. Aún se refería a su nueva casa como el ático de Jessica, pese a que ahora vivía allí y pagaba la mitad del alquiler. Era extraño, pero funcionaba.

Subió las escaleras hasta el tercer piso. Abrió la puerta y de inmediato oyó a Jessica gritar:

– Estoy trabajando.

No la oyó teclear en el ordenador, pero eso no significaba nada. Fue hasta el dormitorio, cerró la puerta, y puso en marcha el contestador. Cuando Jessica escribía, nunca atendía el teléfono.

Myron apretó la tecla de play. «¿Hola, Myron? Soy tu madre.» Como si él no reconociese su voz. «Dios, detesto esta máquina. ¿Por qué no se pone ella? Sé que está ahí. ¿Es tan difícil para un ser humano atender el teléfono, decir hola y tomar el mensaje? Estoy en mi oficina, suena el teléfono, atiendo. Incluso si estoy trabajando. Si no, le digo a mi secretaria que tome el mensaje. No a una máquina. No me gustan las máquinas, Myron, ya lo sabes.» Continuó con la misma cantinela durante un rato. Myron añoró los viejos días cuando había un límite de tiempo en los contestadores automáticos. El progreso no siempre era algo bueno.

Por fin mamá acabó el discurso. «Sólo llamaba para saludarte, guapo. Ya hablaremos más tarde.»

Durante los primeros treinta y tantos años de su vida, Myron había vivido con sus padres en Livingston, un suburbio de Nueva Jersey.



25 из 269