
Esto había cambiado desde hacía unos meses, cuando Jessica le pidió que se fuese a vivir con ella. Era algo totalmente inesperado en su relación: Jessica había hecho el primer movimiento, y Myron se había sentido feliz hasta el delirio, ebrio de alegría y asustado hasta la médula. Su inquietud no tenía nada que ver con el miedo al compromiso -esa fobia en particular afectaba a Jessica, no a él-, pero, por decirlo de una manera sencilla, en el pasado había experimentado momentos muy duros, y no quería volver a pasar por lo mismo nunca más.
Aún seguía viendo a sus padres una vez a la semana, iba a casa a cenar o les traía a la Gran Manzana. También hablaba con su madre o su padre casi todos los días. Lo curioso era que, aunque sin duda eran unos pesados, a Myron le gustaban. Por loco que pareciese, a él le gustaba estar con sus padres. ¿Anticuado? Por supuesto. ¿Fuera de onda como un acordeonista de polca? Totalmente. Pero es lo que había.
Sacó un Yoo-Hoo de la nevera, lo sacudió, quitó la tapa y bebió un buen trago. Dulce néctar. Jessica gritó:
– ¿Qué te apetece?
– No me importa.
– ¿Quieres que salgamos?
– ¿Te importa si pedimos que nos traigan la comida? -preguntó él a su vez.
