De bebé había ocupado una pequeña habitación en la parte izquierda de la planta alta. A partir de los tres años y hasta los dieciséis había vivido en el dormitorio de la parte derecha de la misma planta; y de los dieciséis hasta hacía unos pocos meses, había vivido en el sótano. No todo el tiempo, por supuesto. Había vivido en Duke, Carolina del Norte, durante cuatro años; había pasado dos veranos impartiendo clases de baloncesto en colonias, y en ocasiones había estado con Jessica o con Win en Manhattan. Pero su verdadero hogar siempre había sido la casa de sus padres por voluntad propia, por curioso que parezca, aunque algunos quizá sugerirían que una terapia seria podría sacar a la luz motivos más profundos.

Esto había cambiado desde hacía unos meses, cuando Jessica le pidió que se fuese a vivir con ella. Era algo totalmente inesperado en su relación: Jessica había hecho el primer movimiento, y Myron se había sentido feliz hasta el delirio, ebrio de alegría y asustado hasta la médula. Su inquietud no tenía nada que ver con el miedo al compromiso -esa fobia en particular afectaba a Jessica, no a él-, pero, por decirlo de una manera sencilla, en el pasado había experimentado momentos muy duros, y no quería volver a pasar por lo mismo nunca más.

Aún seguía viendo a sus padres una vez a la semana, iba a casa a cenar o les traía a la Gran Manzana. También hablaba con su madre o su padre casi todos los días. Lo curioso era que, aunque sin duda eran unos pesados, a Myron le gustaban. Por loco que pareciese, a él le gustaba estar con sus padres. ¿Anticuado? Por supuesto. ¿Fuera de onda como un acordeonista de polca? Totalmente. Pero es lo que había.

Sacó un Yoo-Hoo de la nevera, lo sacudió, quitó la tapa y bebió un buen trago. Dulce néctar. Jessica gritó:

– ¿Qué te apetece?

– No me importa.

– ¿Quieres que salgamos?

– ¿Te importa si pedimos que nos traigan la comida? -preguntó él a su vez.



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