
Brenda lo miró con una sonrisa. Era una sonrisa insegura, como la de un nuevo amante en la primera mañana. Avanzó hacia él y le lanzó un pase. Myron cogió la pelota y sus dedos buscaron instintivamente las costuras.
– Tenemos que hablar -le dijo.
Ella asintió y se sentó a su lado en el banco. Su rostro era ancho, sudoroso y real.
– Tu padre vació su cuenta bancaria antes de desaparecer -le informó.
La serenidad huyó de su rostro. Su mirada se desvió, y sacudió la cabeza.
– Eso es muy extraño.
– ¿Qué? -dijo Myron.
Brenda tendió una mano y le cogió el balón. La sujetó como si la pelota fuese a echar alas y salir volando.
– Es tan parecido a lo de mi madre -comentó-. Primero desapareció la ropa. Ahora el dinero.
– ¿Tú madre se llevó el dinero?
– Hasta el último centavo.
Myron la observó. Ella mantuvo los ojos en la pelota. Su rostro era inocente, tan frágil, que Myron sintió que algo se derrumbaba en su interior. Esperó un momento antes de cambiar de tema.
– ¿Trabajaba en algo antes de desaparecer?
Una de sus compañeras de equipo, una mujer blanca con una coleta y pecas, la llamó para reclamar la pelota. Brenda sonrió y se la lanzó con un solo brazo. La coleta se movió mientras la mujer aceleraba llevando la pelota hacia el aro.
– Era guardia de seguridad en el hospital de San Barnabás -respondió Brenda-. ¿Lo conoces?
Myron asintió. San Barnabás estaba en Livingston, su ciudad natal.
– Yo también trabajo allí -añadió ella-. En la clínica pediátrica. Un programa de estudio y trabajo. Le ayudé a conseguir el trabajo. Fue así como me enteré de que había desaparecido. Su supervisor me llamó para preguntarme dónde estaba.
– ¿Cuánto tiempo llevaba trabajando allí?
– No lo sé. Cuatro, cinco meses.
– ¿Cómo se llama el supervisor?
– Calvin Campbell.
