– Podría -respondió Win-, pero la preciosa muchacha se llevará una gran desilusión.

– ¿E incluso recuerdas su nombre?

– ¿Qué? ¿Qué insinúas?

Uno de los obreros comenzó a dar martillazos. Myron se llevó una mano a la oreja libre.

– ¿Podríamos encontrarnos en tu casa? Necesito comentar unas cuantas cosas contigo.

Win no titubeó.

– Soy la pared de ladrillo que espera tu juego verbal de squash.

Myron dedujo que eso significaba sí.

6

El equipo de Brenda Slaughter, los Dolphins de Nueva York, se entrenaba en el instituto Englewood, en Nueva Jersey. Myron sintió una opresión en el pecho cuando entró en el gimnasio. Oyó el dulce eco del peloteo, saboreó el olor del gimnasio del instituto, aquella mezcla de esfuerzo, juventud e incertidumbre. Myron había jugado en grandes escenarios, pero cada vez que entraba en un nuevo gimnasio, incluso como espectador, sentía como si hubiese pasado por un portal del tiempo.

Subió los escalones de una de aquellas gradas de madera retráctiles que ahorraban espacio. Como siempre, se sacudieron bajo su peso. Puede que la tecnología haya hecho avances en nuestras vidas cotidianas, pero no te percatas de ello al entrar en un gimnasio de instituto. Los banderines de terciopelo todavía colgaban en una de las paredes como un testimonio de los campeonatos ganados. En una esquina estaban las listas de las plusmarcas en las pistas y el campo de atletismo. El marcador electrónico estaba parado. Un conserje cansado barría el suelo de parquet, moviéndose de una manera zigzagueante, como una máquina Zamboni alisando una pista de hockey.

Myron vio a Brenda Slaughter lanzando tiros libres. Su rostro estaba absorto en el sencillo placer del más puro de los movimientos. La pelota se desprendía de las puntas de sus dedos, atravesaba el aro sin tocarlo y movía ligeramente la red. Llevaba una camiseta blanca sin mangas sobre lo que parecía un top negro. El sudor brillaba en su piel.



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