
Lisa empujó el brazo de su madre como si pasara por un torniquete y abrió la puerta del frigorífico. Sacó el envase de crema y dobló la pestaña para abrirlo.
– Así es. ¿Cómo ha ido? -preguntó con buen humor.
– ¡Lisa Curran, me entran ganas de echarte el bote entero sobre la cabeza!
– No me importa, mamá. Alguien tiene que hacerte entrar en razón.
– Tu padre y yo no tenemos veinte años, de modo que no necesitamos que nos conciertes una cita.
Lisa dejó el cartón de crema y se volvió hacia su madre.
– ¡No es verdad! -murmuró furiosa-. Tú tienes cuarenta años, pero actúas como una criatura. Durante seis años te has negado a estar en la misma habitación que papá, a tratarlo de manera civilizada, aunque fuera por el bien de tus hijos. He decidido poner fin a eso, aunque tenga que humillarte. Esta es una noche importante para mí, y sólo te pido que te comportes como una adulta.
Bess se ruborizó y miró fijamente a Lisa, que sacó de la alacena un paquete de fideos y se lo tendió.
– ¿Te importaría agregarlos al agua mientras yo acabo de preparar el lomo? Después regresaremos al comedor para reunirnos con los hombres y nos comportaremos como personas educadas.
Cuando entraron en el comedor, advirtieron que los dos hombres, sentados en el sofá, habían hecho lo posible para aligerar la tensión. Lisa cogió de la mesita auxiliar la fuente con el queso.
– Papá, Mark, ¿os apetece un poco?
Bess colocó una silla al fondo de la habitación, donde la alfombra se juntaba con el suelo de vinilo de la cocina, y se sentó. Estaba indignada y avergonzada por la reprimenda que le había echado su hija. Mark y Michael untaron de queso una galletita y la comieron. Lisa acercó la fuente a su madre.
– ¿Mamá? -ofreció con voz dulce.
– No, gracias -contestó Bess con acritud.
– Veo que vosotros ya os habéis preparado una copa -comentó Lisa a sus padres con tono afable-. ¿Quieres tomar algo, Mark?
