
Si Picasso hubiera pintado la escena, podría haberla titulado Naturaleza muerta con cuatro adultos y cólera. Las palabras de la disputa aún resonaban en el aire.
– Hola, mamá; hola, papá -saludó Lisa.
Abrazó primero a su padre, quien la besó en la mejilla. Era casi tan alta como él, tenía el cabello oscuro, un rostro bonito y unos hermosos ojos castaños. Después estrechó a Bess.
– No te abracé cuando llegaste, mamá. Me alegro de que hayas podido venir. -Se separó de su madre y agregó-: ¿Os acordáis de Mark Padgett?
– Señor y señora Curran -los saludó Mark antes de estrecharles la mano.
Tenía el rostro lustroso, y los cabellos castaños y ondulados. Poseía la fuerza de un culturista, y ambos lo notaron cuando les apretó la mano.
– Mark cenará con nosotros. Espero que hayas dado la vuelta al lomo, mamá.
Lisa se encaminó deprisa hacia la cocina, se acercó al fregadero, abrió el grifo del agua caliente y empezó a llenar una cacerola. Bess entró tras de ella y la obligó a dar media vuelta.
– ¿Qué crees que estás haciendo? -masculló. El sonido del agua corriente y de la canción Desperado casi tapó su voz.
– Voy a hervir fideos para acompañar la carne.
Lisa colocó la olla en el fogón y lo encendió.
– No te hagas la tonta conmigo, Lisa. Estoy tan furiosa que sería capaz de arrojar el lomo al cubo de la basura y a ti detrás de él. ¡En la nevera… -añadió mientras señalaba el electrodoméstico con el dedo- hay un bote entero de crema de leche! ¡Has organizado todo esto para reunirnos!
