
Michael la había abandonado por una mujer diez años más joven y con cinco kilos menos de peso, que sin duda nunca se presentaría en sociedad con el cabello revuelto y rastros de comida en su atuendo.
Lisa empezó a pasar las fuentes para que se sirvieran, y el salón se llenó con el sonido de las cucharas al golpear el cristal.
– Hum… Lomo Strogonoff… -comentó Michael complacido mientras se llenaba el plato.
– Receta de mamá… -recordó Lisa-. También he preparado tu budín favorito de maíz. Mamá me enseñó a cocinarlo. Ten cuidado, está muy caliente.
Michael puso la fuente al lado de su plato y se sirvió una ración generosa.
– Supuse que, como vives solo otra vez, apreciarías una buena comida casera. Mamá, pásame la pimienta, por favor.
Mientras lo hacía, Bess se encontró con la mirada de Michael. Ambos se sentían muy incómodos con las maquinaciones tan evidentes de Lisa. Era la primera vez que estaban de acuerdo en algo desde que había empezado esa desafortunada reunión.
Michael probó la comida.
– Te has convertido en una cocinera excelente, Lisa -comentó.
– Desde luego que sí -intervino Mark-. Les sorprendería saber cuántas chicas no saben ni siquiera freír un huevo. Cuando descubrí lo bien que se le da cocinar, le dije a mi madre: «Creo que he encontrado a la mujer de mis sueños.»
Todos rieron, excepto Bess, que quedó desconcertada y tomó un trago de vino rosado. Recordó que, cuando volvió a la universidad, Michael le había criticado que descuidara las tareas domésticas, entre ellas la cocina. Bess había argumentado: «¿Y tú? ¿Por qué no puedes colaborar en las labores de la casa?» Sin embargo Michael se había obstinado en no querer aprender. Fue una de las numerosas pequeñas cuñas que, de manera insidiosa, abrieron un abismo entre ellos.
