
– ¿Y tú, Mark? -preguntó Bess-. ¿Sabes cocinar?
– Por supuesto -contestó Lisa-. Su especialidad es la sopa de carne. Toma un trozo de lomo, lo corta en cuadraditos, los dora en aceite y les agrega rodajas de patatas, zanahoria y… ¿qué más añades, cariño?
Bess lanzó una mirada a su hija. ¿Cariño?
– Ajo y cebada perlada para espesarlo.
Bess se volvió hacia Mark.
– ¿Sopa de carne? -repitió.
– Sí -respondió Mark-. Es la favorita de mi familia.
Bess observó al joven. Tenía el cuello tan grueso que seguro que no le cerraba el botón de la camisa. Vaya, de modo que espesaba la sopa de carne con cebada perlada.
Lisa sonrió con orgullo mientras miraba a Mark.
– También sabe planchar.
– ¿Planchar? -repitió Bess.
– Mi madre me enseñó cuando terminé la escuela secundaria. Ella trabaja y me dijo que no tenía ninguna intención de ocuparse de mi ropa hasta que tuviera veintiún años. Me gustan las rayas en las mangas y los tejanos, de manera que… -Mark levantó las manos, con el tenedor en una y un panecillo en la otra, y las dejó caer-. En fin, voy a convertir a cierta mujer en un ama de casa bastante buena.
Él y Lisa intercambiaron una sonrisa de felicidad. Bess advirtió que Michael también sonreía antes de mirarla con expresión interrogante.
– Más vale que lo digamos de una vez, Mark -propuso Lisa.
Ambos se dedicaron otra sonrisa antes de que Lisa se secara la boca, dejara la servilleta sobre su regazo y levantara su copa de Perrier.
Entonces clavó la vista en el hombre sentado frente a ella.
– Mamá, papá, os hemos invitado esta noche para anunciaros que Mark y yo vamos a casarnos.
