Una nube invisible en forma de hongo pareció cernerse sobre la mesa.

Michael se tapó la boca con una mano y frunció el entrecejo. Bess tomó aliento, mantuvo la boca abierta y la cerró despacio mientras miraba primero a Mark, después a Lisa. Esta se mostraba serena.

– Lo cierto es que nos sentimos bastante felices por ello -agregó Mark-, y esperamos que ustedes también.

Bess hundió la frente en una mano y se llevó la otra al estómago. Su única hija estaba embarazada y planeaba un matrimonio precipitado, ¿y ella debía sentirse dichosa?

– ¿Estás segura? -preguntó Michael.

– Ya me ha examinado el médico. Estoy de seis semanas. La verdad, pensaba que lo notaríais, ya que estoy bebiendo Perrier en lugar de vino.

Bess levantó la cabeza y observó que Michael estaba muy serio y había dejado de comer. Él advirtió su expresión de congoja, enderezó los hombros y se aclaró la garganta.

– Bueno…

Fue lo único que dijo. Era evidente que se sentía tan desconcertado como ella.

Mark se levantó, se situó detrás de la silla de Lisa y le puso las manos en los hombros.

– Deseo que sepan, señor y señora Curran, que quiero mucho a su hija, y ella me ama a mí. Hemos decidido casarnos. Los dos tenemos trabajo y un lugar decente donde vivir. Esta criatura podía haber tenido un comienzo mucho peor que éste.

Bess salió de su estupor.

– En estos tiempos, Lisa…

– ¡Basta Bess, ahora no! -interrumpió Michael.

– ¿Qué quiere decir ahora no? Vivimos en una época en que hay mucha información…

– ¡Basta, Bess! Los chicos actúan como es debido. Nos han contado sus planes, nos han pedido ayuda. Creo que deberíamos brindársela.

Bess reprimió la ira y las ganas de soltar un discurso sobre el control de la natalidad mientras Michael, con notable serenidad, preguntaba:

– ¿Estás segura, Lisa, de que así lo deseas?



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