-Lisa desvió la vista hacia Michael-. Ahora que he empezado a detallar nuestros planes, será mejor que prosiga. Quiero entrar en la iglesia acompañada por vosotros dos. Deseo tener a mi lado a mis padres, sin esa animosidad que se han profesado en los seis últimos años. Me encantaría que me ayudaras a vestirme ese día, mamá, y después, en la recepción, quiero que bailes conmigo, papá. Anhelo que estemos todos juntos, sin tensiones, sin…, bueno, ya sabéis a qué me refiero. Es el único regalo de bodas que os pido.

Se produjo un incómodo silencio. Bess y Michael se sintieron incapaces de mirarse a los ojos.

– ¿Dónde vais a vivir? -preguntó Bess.

– El apartamento de Mark es más bonito que el mío, de manera que será nuestro hogar.

Habrá que trasladar el piano otra vez, pensó Bess, que reprimió las ganas de decirlo.

– Yo ni siquiera sé dónde vive -repuso.

– En Maplewood, cerca del hospital -explicó Mark.

Bess observó al muchacho. Parecía bastante agradable, pero era demasiado joven.

– Debo disculparme, Mark, me habéis pillado desprevenida. Lo cierto es que apenas te conozco. Creo que trabajas en una fábrica.

– Sí, llevo tres años en la misma compañía y gano bastante, de modo que Lisa y yo no tendremos problemas económicos.

– ¿Dónde conociste a Lisa?

– En una sala de billar. Nos presentaron unos amigos comunes.

En una sala de billar… un mecánico… un culturista con un cuello que parece el contrafuerte de un puente…

– ¿No es demasiado apresurado? -preguntó Bess-. Tú y Lisa os conocéis desde hace… ¿cuánto? Menos de un año. ¿No podríais esperar unos seis meses más y daros tiempo para conoceros mejor y planear la boda como es debido? Además, así tendrías la oportunidad de presentarnos a tu familia.

Mark miró a Lisa con las mejillas encendidas.

– Me temo que no, señora Curran -dijo con calma, sin ninguna muestra de irritación-. Verá, Lisa y yo vamos a tener un hijo.



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