
La cerilla le quemaba los dedos.
Titubeó y la apagó mientras miraba la bola de queso. ¿Qué diablos significaba todo eso? Echó una mirada en derredor y observó que, para variar, el lugar estaba limpio. Las viejas mesas de bronce y vidrio no tenían ni una mota de polvo, y los almohadones del sofá familiar que Lisa había heredado estaban bien sacudidos. Las casetes estaban apiladas en orden, y los libros, bien ordenados en los estantes. El piano negro azabache que el padre de Lisa le había regalado cuando terminó los estudios secundarios, aparecía bien lustrado. Encima había una foto del novio actual de Lisa junto con una planta y cinco novelas de Stephen King entre un par de sujetalibros de bronce, que la abuela Stella había regalado a Lisa en Navidad.
El piano era el único objeto valioso en la habitación. Cuando Michael se lo compró a Lisa, Bess lo acusó de indulgencia. Carecía de sentido que una chica sin una carrera universitaria, un automóvil decente o muebles poseyera un piano de cinco mil dólares. Además, ¿cuántas veces sería preciso trasladarlo hasta que ella se estableciera de manera permanente?
– Siempre lo conservaré, mamá -había afirmado Lisa-, y creo que me lo merezco por haber aprobado todos los exámenes.
– ¿Quién pagará a los transportistas cada vez que te mudes? -inquirió Bess.
– Yo.
– ¿Con un sueldo de mecanógrafa?
– También trabajo de camarera.
– Deberías ir a la universidad, Lisa.
– Papá dice que siempre hay tiempo para eso.
– Tal vez tu padre esté equivocado. Si no continúas tus estudios ahora, lo más probable es que no lo hagas nunca.
– Tú lo hiciste.
– Sí, lo hice, pero fue muy duro y me costó muchísimo. Tu padre debería ser más sensato.
