
– Mamá, me gustaría que dejarais de pelearos y aparentarais llevaros bien, por el bien de vuestros hijos.
– Bueno, es un regalo estúpido -había replicado Bess-. Cinco mil dólares por un piano, que podrían financiar todo un año de universidad.
Cada vez que Bess se presentaba en el apartamento de Lisa sin avisar, el piano tenía una capa de polvo y parecía que su hija lo usaba como simple depósito de libros, bufandas y cintas para el pelo. Esta noche, sin embargo, estaba muy limpio, y sobre el atril descansaba la partitura de la canción favorita de Michael, The homecoming. Años atrás, cada vez que Lisa se sentaba para tocar, Michael decía: «Interpreta esa que me gusta», y ella lo complacía con el hermoso tema de la vieja película de televisión.
Bess apartó el recuerdo de esos tiempos felices y puso la casete de Eagles Greatest Hits. Mientras sonaba la música, fue al baño y notó que también estaba muy pulcro. Al lavarse las manos observó que todo relucía.
Tras colgar la toalla se miró en el espejo. Se atusó la melena rubia, que se veía desgreñada. Observó que ofrecía un aspecto desaliñado, pues en todo el día no había tenido tiempo de retocarse el maquillaje. Tenía la frente brillante, el lápiz de labios había desaparecido, al igual que la sombra y el rímel, por lo que sus ojos castaños aparecían apagados. Había arrugas en la falda de lana blanca y una pequeña mancha de grasa resaltaba en la blusa color frambuesa. Frunció el entrecejo, mojó la punta de la toalla, frotó la mancha y sólo consiguió extenderla. Maldijo entre dientes. Sacó un peine del cajón del tocador y, cuando se disponía a pasárselo por el cabello, alguien llamó a la puerta del apartamento.
Asomó la cabeza al pasillo y exclamó:
– Lisa, ¿eres tú?
Volvieron a golpear con los nudillos, esta vez más fuerte. Sin apagar la luz, salió del baño.
– Lisa, ¿has olvidado las…?
