– Ha ido al colmado para comprar crema de leche. ¡Me encantará echársela por la cabeza en cuanto vuelva!

Michael observaba la mesa, con las manos en los bolsillos del pantalón. Vestía un traje gris, camisa blanca y corbata azul.

– ¿Qué significa todo esto? -inquirió.

– Sé lo mismo que tú.

– ¿Viene Randy?

Randy era el hijo de ambos, de diecinueve años.

– Creo que no.

– ¿No sabes para quién es el cuarto cubierto?

– No.

– ¿Por qué nos ha invitado?

– Es evidente que quería que mamá y papá se encontraran. Nuestra hija tiene un sentido del humor un tanto extraño.

Bess abrió la nevera en busca de vino y vio que dentro había cuatro ensaladas diferentes, dispuestas con buen gusto en las fuentes, una botella de agua de Perrier y un envase de cartón rojo y blanco ¡con medio litro de crema de leche!

Lo levantó y lo sostuvo en la mano.

– ¡Bueno, bueno, si esto no es crema de leche…! Y cuatro ensaladas muy apetitosas.

Él se acercó para echar un vistazo.

– ¿Qué buscas? ¿Algo para beber?

La fragancia de su loción de afeitar, antaño tan familiar, le revolvió el estómago. Cerró de un golpe la puerta del frigorífico.

– Necesito tomar algo.

– He traído un par de botellas de vino.

– Bien, ábrelas, Michael. Al parecer nos aguarda una larga velada.

Cogió dos copas de la mesa mientras él descorchaba una botella.

– ¿Dónde está Darla?

Bess sostuvo las copas en alto mientras Michael escanciaba el vino rosado.

– Darla y yo ya no estamos juntos. Ha presentado la demanda de divorcio.

Bess quedó aturdida. La cabeza le daba vueltas mientras él servía la segunda copa.

Después de dieciséis años de convivencia con ese hombre, no pudo evitar sentir un insensato chispazo de júbilo ante la noticia de que estaba libre otra vez. O de que había vuelto a fracasar.



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