Michael dejó la botella en la mesa, cogió una copa y miró a Bess a los ojos. Fue un momento extraño, en el que los dos evocaron el pasado que habían compartido, lo espléndido y lo sórdido, los buenos momentos y los disgustos que los habían llevado hasta el punto en que se encontraban ahora.

– Bueno, dilo de una vez -añadió Michael.

– Bien, os está bien empleado.

Michael esbozó una sonrisa amarga y meneó la cabeza.

– Sabía que estabas pensando eso. Eres una mujer implacable, Bess.

– Y tú eres un ser despreciable. ¿Qué has hecho esta vez? ¿También la has engañado con otra?

– No pienso entrar en este juego, Bess, porque no estoy dispuesto a repetir las recriminaciones de siempre.

– A mí tampoco me apetece -repuso ella-, de modo que hasta que regrese nuestra hija fingiremos ser dos desconocidos bien educados que se han encontrado aquí por casualidad.

Se dirigieron al comedor y cada uno se sentó en un extremo del sofá cama. Los Eagles cantaban Take it easy, que habían escuchado mil veces juntos. Las velas ardían sobre la mesa, la que habían elegido para su propio comedor. El sofá era el mismo sobre el que en ocasiones habían hecho el amor e intercambiado caricias cuando los dos eran jóvenes y lo bastante estúpidos para creer que el matrimonio dura para siempre. Ahora estaban sentados en él como un par de ancianos en la iglesia, cada uno en un rincón, resentidos el uno con el otro y por la intrusión de los recuerdos.

– Al parecer diste todo el mobiliario del comedor a Lisa después de que me marchara -comentó Michael.

– Así es. Hasta los cuadros y las lámparas. No quise conservar ningún mal recuerdo.

– ¡Por supuesto! Tenías tu nuevo negocio, de modo que no hubo ningún problema para comprar piezas nuevas.

– En efecto -convino ella con presunción-. Por supuesto consigo todo a precio de fábrica.

– ¿Cómo va la tienda?



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