
– Espero que lo llames, lo invites a cenar, lo lleves de caza, tengas una buena relación con él, le hagas ver que todavía tiene un padre que lo ama y se preocupa por él. Sin embargo te es más cómodo desentenderte y dejar que me ocupe yo de él, ¿verdad, Michael? Como cuando eran chicos y tú te escapabas con las escopetas, las cañas de pescar y tu…, ¡tu amante! Bien, ya no sé cómo ayudarle. Nuestro hijo es un desastre, Michael, y temo por su futuro, pero no puedo encarrilarlo sola.
Se miraron fijamente a los ojos, conscientes de que su divorcio había sido un golpe del que Randy aún no se había recuperado. Hasta los trece años había sido un chico feliz, un buen estudiante, siempre dispuesto a ayudar en la casa, un adolescente alegre que invitaba a sus amigos a comer y a ver partidos de fútbol. Cuando le anunciaron que iban a divorciarse, cambió de pronto; se volvió huraño, poco comunicativo y cada vez más irresponsable, tanto en la escuela como en el hogar. Dejó de llevar a sus compañeros a casa y con el tiempo hizo nuevos amigos que llevaban peinados extraños, cazadoras del ejército y un pendiente. Se quedaba en la cama escuchando música rap con los auriculares y regresaba a casa a las dos de la madrugada con las pupilas dilatadas. Le ofendían los consejos que le daban los profesores, se fugaba cuando Bess le reprendía y finalizó los estudios en la escuela secundaria con la media más baja permitida.
No, sin duda el matrimonio no había sido el único fracaso de sus vidas.
– Para tu información, te diré que le he telefoneado -explicó Michael-. Me llamó hijo de puta y colgó. -Se inclinó y, con los codos apoyados sobre las rodillas, trazó círculos en el aire con la copa que sostenía en la mano-. Ya sé que se ha echado a perder, Bess, y que nosotros somos los culpables.
