Él protegía a la gente, eso era lo que hacía, quién era. Sobre todo, protegía a Hannah, incluso de sí mismo. Sus emociones siempre eran intensas; su rabia incontrolable, su necesidad de ella, el puro deseo que sentía cuando pensaba en ella. Había aprendido a ocultarle sus emociones desde que era un muchacho, cuando había comprendido que era empática y le hacía daño leer a la gente todo el tiempo. Había estado ocultando sus sentimientos tanto tiempo que era una segunda naturaleza para él, y sin importar el momento, siempre caía en la vieja excusa de que su trabajo la pondría en peligro.

Parecía bastante estúpido ahora, especialmente cuando la llamaba pidiéndola ayuda. Se apartó la mano del costado y miró la sangre espesa que cubría su palma. Sin molestarse en contestar a Jackson, Jonas tomó aliento y saltó, con el viento tras él, empujando con fuerza de forma que su cuerpo fue arrojado hasta el otro tejado.

No pudo mantenerse en pie o siquiera empezar a aterrizar graciosamente. Cayó con fuerza y de cara, el aire abandonó sus pulmones y el dolor ardió a través de su cuerpo como una marca candente.

La oscuridad se acercó, luchando por la supremacía, intentando arrastrarle hacia abajo. La deseaba -la paz de la inconsciencia- pero el viento fustigaba a su alrededor llevando una voz femenina, suave, suplicante, tentadora. Le susurraba mientras el viento alborotaba su cabello y acariciaba su nuca. Vuelve a casa conmigo. Vuelve a casa.

Su estómago se tensó y luchó por ponerse de rodillas, su estómago se retorció de nuevo. Jackson enganchó una mano bajo su brazo.

– Yo te llevaré.

Fuera del tejado. Abajo a la calle. Jackson lo haría, también, pero Jonas no iba a arriesgar más la vida de su mejor amigo.



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