
Jonas dio un paso alejándose del receptáculo, siguiendo a Jackson. Un paso y su cuerpo se subió por las paredes por él, el dolor le estrujó, robándole toda capacidad de respirar. Mierda. Iba a morir en este maldito callejón, y peor aún, iba a llevarse a Jackson con él, porque Jackson nunca le dejaría.
Sus enemigos se acercaban en todas direcciones y simplemente no había forma de que pudiera subir por esa escalera de incendios. Necesitaban un milagro y lo necesitaban rápido. Había un único milagro con el que pudiera contar, y sabía que ella estaba esperando su llamada. Siempre sabía cuando estaba en problemas. Jonas había pasado toda una vida protegiéndola, deseándola tan intensamente que se despertaba noche tras noche, sudando, con el nombre de ella resonando en su dormitorio, su cuerpo duro, tenso y tan endemoniadamente incómodo que algunas veces no estaba seguro de poder contenerse de aceptar trabajos como este en el que estaba metido, porque estaba condenado si no conseguía aniquilarla.
Aún así, no tenía elección. Ella era su as en la manga y no tenía más opción que utilizarla, si quería sobrevivir. Se extendió en la noche y conectó con una mente femenina. La conocía. Siempre la había conocido. Podía evocarla en su mente de pie en la almena del capitán de cara al mar, sus rizos platinos y dorados cayendo en cascada por su larga espalda todo el camino hasta su lujurioso trasero, su cara seria, mirando al mar, esperando.
Hannah Drake. Si inhalaba, podía respirarla. Ella sabía que estaba en problemas. Siempre lo sabía. Y que Dios le ayudara, quizás de eso trataba todo esto. Quizás deseaba su atención -necesitaba su atención- y esta era la única forma que le quedaba para conseguirla. ¿Podía estar tan jodidamente desesperado que arriesgaría no sólo su vida sino también la de Jackson? Ya no sabía qué estaba haciendo.
– Hannah. -Supo que tocaba su mente, ella tocó la suya.
