
– ¿Hablas francés? -preguntó, más por preguntar algo que por interés, y se sorprendió al ver que la niña asentía.
Hacía años que no hablaba con un niño de su edad, y no sabía qué decirle. Pero la pequeña se había mostrado muy tenaz en su silenciosa presencia. Además, el artista reparó en que, aparte del cabello rojo, se parecía un poco a su hija. Vanessa llevaba la melena rubia y lisa muy larga a su edad, pero se advertía cierta semejanza en la actitud y la pose. Con los ojos entornados casi le parecía ver a su propia hija.
– Mi madre es francesa -añadió la niña mientras contemplaba su obra.
Había topado con el problema que siempre se le presentaba cuando dibujaba a Mousse, las patas traseras.
– Echemos un vistazo -propuso el hombre mientras alargaba la mano hacia el cuaderno, consciente de su consternación.
– La parte de atrás nunca me sale -se quejó la pequeña al tiempo que se lo daba.
Eran como un maestro y su alumna, y el dibujo creó un vínculo instantáneo entre ellos. La niña parecía hallarse muy a gusto con él.
– Te enseñaré… ¿Puedo?
Le pedía permiso antes de intervenir en su trabajo, y la niña asintió. Con unos trazos cuidadosos de pincel, el artista corrigió el problema. A decir verdad, el dibujo era un retrato bastante fiel del perro, aun antes de la mejora.
– Está muy bien -alabó, devolviéndole la hoja antes de guardar el cuaderno y el lápiz.
– Gracias por arreglarlo. Esa parte nunca me sale.
– La próxima vez te saldrá -aseguró él mientras empezaba a guardar las pinturas.
Empezaba a refrescar, pero ninguno de los dos parecía darse cuenta.
– ¿Se va a casa?
Parecía decepcionada, y al contemplar aquellos ojos color coñac se le ocurrió que estaba muy sola, lo cual le conmovió. Algo en ella lo atormentaba.
– Se está haciendo tarde.
Y la niebla se tornaba cada vez más espesa.
