
– A veces -repuso con actitud cautelosa.
A fin de cuentas, era un desconocido, y la niña conocía bien las reglas al respecto. Su madre siempre le advertía que no hablara con desconocidos.
– ¿Qué te gusta dibujar? -inquirió el hombre sin mirarla mientras limpiaba un pincel.
Poseía un rostro apuesto, cincelado y de mentón hendido. Había algo sereno y poderoso en su porte de hombros anchos y piernas largas. Aun sentado en el taburete, se apreciaba que era alto.
– Me gusta pintar a mi perro. ¿Cómo puede pintar esas barcas si no están?
Esta vez, el hombre se volvió hacia ella con una sonrisa, y sus miradas volvieron a encontrarse.
– Me las imagino. ¿Te gustaría probar? -propuso al tiempo que le alargaba un cuaderno pequeño y un lápiz, consciente de que la niña no se iría.
La pequeña vaciló un instante, pero por fin se levantó de la arena, se acercó a él y cogió ambas cosas.
– ¿Puedo dibujar a mi perro? -preguntó con una expresión muy seria en su delicada carita, halagada por el hecho de que el pintor le hubiera ofrecido el cuaderno.
– Por supuesto; puedes dibujar lo que quieras.
No se presentaron, sino que se limitaron a permanecer sentados uno junto al otro durante un rato, cada uno trabajando en su obra. La niña dibujaba con gran concentración.
– ¿Cómo se llama tu perro?
– Mousse -repuso ella sin apartar la vista de su dibujo.
– Pues no tiene aspecto de alce,
– Es un postre francés de chocolate.
– Eso está mejor -murmuró el artista, de nuevo satisfecho.
Estaba a punto de dejarlo por aquel día. Eran más de las cuatro, y llevaba en la playa desde la hora de comer.
