
– Te he traído unas conchas -anunció Pip al tiempo que sacaba dos piezas muy bonitas del bolsillo del jersey y se las entregaba a su madre-. También he encontrado un erizo, pero estaba roto.
– Casi siempre están rotos -comentó Ophélie con las conchas en la mano.
Juntas se dirigieron hacia la casa. Había olvidado besar a Pip, pero la niña estaba acostumbrada. Era como si cualquier contacto humano y físico fuera demasiado doloroso para ella. Ophélie se había parapetado tras una coraza de protección, y la madre a la que Pip conocía desde hacía once años se había esfumado. La mujer que ocupaba su lugar, aunque de aspecto idéntico, era en realidad frágil, quebradiza. Alguien había raptado a Ophélie en plena noche para sustituirla por una autómata. Hablaba igual, olía igual, tenía el mismo aspecto, nada en ella era visiblemente distinto, pero todo había cambiado. Los engranajes y mecanismos internos eran inexorablemente otros, y ambas lo sabían. A Pip no le quedaba más remedio que aceptarlo, y lo cierto era que lo aceptaba con dignidad.
Para una niña de su edad, Pip había madurado mucho en los últimos nueve meses y era más adulta que la mayoría de sus coetáneas. Asimismo, había desarrollado una notable intuición respecto a las personas, sobre todo su madre.
