Ophélie saludó con la mano a su hija, que se detuvo ante ella sin resuello y con una sonrisa de oreja a oreja. Mousse corría a su alrededor en círculos sin dejar de ladrar. Pip advirtió que su madre estaba preocupada.

– ¿Dónde has estado? -preguntó Ophélie con el ceño fruncido, pues aún estaba molesta con Amy.

Aquella chica no tenía remedio, pero Ophélie no había encontrado a ninguna otra canguro, y necesitaba que alguien se quedara con Pip cuando ella iba a la ciudad.

– He salido a dar un paseo con Mousse. Hemos llegado hasta allí -explicó, señalando la playa pública-, y hemos tardado más en volver de lo que pensaba. Mousse se ha pasado el rato persiguiendo gaviotas.

Ophélie le sonrió y por fin se tranquilizó. Era una niña tan encantadora… Al mirarla, Ophélie recordaba su propia juventud en París y sus veranos en la Bretaña, donde el clima no era tan distinto de aquel. Adoraba aquellos veranos, y había llevado allí a Pip cuando era pequeña para que lo viera.

– ¿Qué es esto? -preguntó, refiriéndose al papel que su hija llevaba en la mano y que a todas luces era un dibujo.

– He dibujado a Mousse. Ya sé hacer las patas traseras.

Pero no le contó cómo había aprendido. Sabía que su madre habría desaprobado que durante su solitario paseo por la playa entablara conversación con un desconocido, aunque este le enseñara a dibujar mejor y fuera inofensivo. Su madre se mostraba muy estricta con la regla de que Pip no hablara con desconocidos. Sabía bien lo guapa que era, aun cuando Pip no fuera en absoluto consciente de ello por el momento.

– No me lo puedo imaginar posando quieto para el retrato -comentó Ophélie con una sonrisa y expresión divertida.

Cuando sonreía se apreciaba con facilidad lo hermosa que era cuando era feliz.



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