Pese a su agraciada cara, se le habían ensanchado las caderas. Su «niña» todavía no había dicho palabra. No había tenido ninguna oportunidad en medio de la cháchara de su madre. Janet Hastings llevaba el pelo teñido de un rojo vivo. El color era agresivo, sobre todo al lado del rubio pálido de Melanie y de su aspecto casi infantil.

– Hola -saludó Melanie en voz baja. No parecía una estrella, solo una tierna adolescente.

Sarah estrechó la mano a las dos mientras la madre de Melanie seguía hablando; dos mujeres cruzaron la estancia, y Jake se levantó y anunció que se iba al gimnasio.

– No quiero molestar. Dejaré que os instaléis -dijo Sarah a Melanie y a su madre, y luego miró directamente a Melanie-: ¿Sigue en pie el ensayo de las dos?

Melanie asintió y luego miró a su secretaria; en ese momento, su mánager habló desde la puerta:

– Los músicos dicen que estarán preparados para montarlo todo a las dos y cuarto. Melanie puede ir a las tres. Solo necesitamos una hora, para que pruebe el sonido de la sala.

– Perfecto -las tranquilizó Sarah mientras una doncella del hotel entraba a recoger el vestido de Melanie para plancharlo. Era casi todo de lentejuelas y red-. Estaré en el salón de baile, para asegurarme de que dispones de todo lo que necesitas. -Tenía hora en el peluquero a las cuatro, para que le arreglaran el pelo y le hicieran la manicura, y estar de vuelta en el hotel a las seis, para vestirse y acudir al salón de baile a las siete y poder asegurarse de que todo el mundo estaba preparado y recibir a los invitados-. El piano llegó anoche y esta mañana lo han afinado.

Melanie sonrió y asintió de nuevo; luego se dejó caer en una butaca mientras su mejor amiga, todavía en el suelo, entre las maletas, soltaba un grito de victoria. Sarah había oído que alguien la llamaba Ashley; tenía el mismo aspecto infantil que Melanie.



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