– Tómate un descanso, Maggie. Trabajas más que nadie que conozca -dijo el padre O'Casey, magnánimo. El y la hermana Mary Magdalen se conocían desde hacía años, y la admiraba por sus ideas radicalmente caritativas y por su intenso trabajo a pie de calle-. Sin embargo, me sorprende verte con el hábito -añadió, riendo para sus adentros y sir-viéndole una copa de vino, que ella no tocó. Incluso antes de entrar en el convento, a los veintiún años, nunca había bebido ni fumado.

Ella se echó a reír, en respuesta al comentario sobre su ropa.

– Es el único vestido que tengo. Cada día, para trabajar, llevo vaqueros y una sudadera. No necesito ropa elegante para lo que hago. -Miró a las otras tres monjas de la mesa, que parecían amas de casa o profesoras universitarias más que monjas, excepto por la pequeña cruz de oro de la solapa.

– Es bueno que salgas.

Luego se pusieron a hablar acerca de la política de la Iglesia, de la polémica postura que el arzobispo había adoptado recientemente sobre la ordenación de sacerdotes y sobre los últimos pronunciamientos de Roma. A Maggie le interesaba en particular una propuesta ciudadana que estaba evaluando la junta de supervisores y que afectaría a las personas con las que trabajaba en la calle. Opinaba que la ley era limitada e injusta y que perjudicaría a su gente. Maggie era brillante, así que, a los pocos minutos, otros dos sacerdotes y una de las monjas habían entrado en la discusión. Les interesaba lo que ella tenía que decir, ya que sabía más que ellos sobre aquella cuestión.

– Maggie, eres demasiado dura -le recriminó la hermana Dominica, que dirigía la escuela de enfermería-. No podemos resolver de golpe los problemas de todo el mundo.

– Yo trato de resolverlos uno por uno -dijo la hermana Mary Magdalen, humildemente.



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