
– No esperaba verte aquí esta noche, Maggie-comentó, con una sonrisa, el sacerdote que dirigía el comedor gratuito para pobres de la ciudad. La conocía bien.
La hermana Mary Magdalen era una leona en las calles, defendiendo a las personas que le importaban, pero un gatito en sociedad. No recordaba haberla visto nunca en una gala. Una de las monjas, vestida con un traje azul, de buen corte, con una cruz de oro en la solapa y el pelo pulcramente corto, era la directora de la escuela de enfermería de la Universidad de San Francisco. Las otras monjas parecían casi modernas y con mucho mundo, sentadas a la mesa, disfrutando de la selecta comida. La hermana Mary Magdalen, o Maggie, como la llamaban sus amigos, se había sentido incómoda la mayor parte de la noche, violenta por estar allí, con la toca algo ladeada porque resbalaba sobre su pelo corto y pelirrojo. Parecía un elfo disfrazado de monja.
– Poco faltó para que no viniera -confesó en voz baja al padre O'Casey-. No me pregunte por qué, pero alguien me dio una entrada. Una trabajadora social con quien trabajo. Ella tenía un compromiso esta noche. Le dije que se la diera a otra persona, pero no quise parecer desagradecida. -Se disculpaba por estar allí; pensaba que debería estar en la calle. Estaba claro que un acontecimiento como aquel no era de su estilo.
