
En cuanto salió del ascensor, Sarah vio el enorme salón de la planta club. Había pastelitos, sándwiches y fruta, botellas de vino y un pequeño bar. Había cómodos sillones, mesas, teléfonos, un gran surtido de periódicos, una pantalla de televisión gigante y dos azafatas sentadas a una mesa para ayudar a los huéspedes en todo lo que necesitaran, desde facilitarles reservas para la cena, responder a preguntas sobre la ciudad, darles indicaciones, conseguirles manicuras, masajes y cualquier cosa que se les antojara. Sarah les preguntó cómo llegar a la habitación de Melanie y luego siguió avanzando por el pasillo. Para evitar problemas de seguridad y líos con las fans, Melanie estaba registrada como Hastings, el nombre de soltera de su madre. Lo hacían en todos los hoteles, igual que otras estrellas que raramente daban su nombre real.
Sarah llamó suavemente a la puerta de la suite, cuyo número le había dado la azafata del salón. Podía oír música en el interior; al cabo de un momento le abrió la puerta una mujer baja y corpulenta vestida con un top sin espalda y vaqueros. Llevaba un cuaderno amarillo en la mano, un bolígrafo metido entre el pelo y sostenía un traje de noche.
– ¿Pam? -preguntó Sarah, y la mujer sonrió y asintió-. Soy Sarah Sloane. Solo venía a saludaros.
