
Hacía más calor de lo habitual. Era una tarde soleada de mediados de mayo. En realidad, hacía un calor bochornoso, lo cual era raro en San Francisco; parecía más un día de verano en Nueva York. Sarah sabía que no duraría mucho, pero cuando las noches eran cálidas siempre se creaba un ambiente festivo en la ciudad. Lo único que no le gustaba era que le habían dicho que esos días estaban considerados «tiempo de terremotos» en San Francisco. Le tomaban el pelo, claro, pero de todos modos no le gustaba. Los terremotos eran lo único que le preocupaba de la ciudad desde que se habían trasladado, pero todos le aseguraban que raramente se producían y que, cuando lo hacían, eran leves. En los seis años que llevaban en la zona de la bahía todavía no había percibido ninguno. Así que, cuando le dijeron lo del «tiempo de terremotos», no hizo caso. Tenía otras cosas de que preocuparse en aquellos momentos, por ejemplo de su cantante estrella y su séquito.
– ¿Te parece que debería subir a verla? -preguntó a Ángela. No quería entrometerse pero tampoco parecer grosera por no ocuparse de ellos-. Pensaba recibirla aquí, a las dos, cuando baje para el ensayo.
– Puedes asomarte y decirle hola.
Melanie y su equipo ocupaban dos grandes suites y otras cinco habitaciones en la planta club, todas cedidas gratuitamente por cortesía del hotel. Estaban encantados de que la gala se celebrara allí y le ofrecieron al comité un total de cinco suites, sin cargo, para las estrellas, y quince habitaciones y suites júnior para los VIP. Los músicos y los encargados del equipo se alojaban un piso más abajo, en habitaciones de menos categoría cuyo coste el comité tenía que incluir en el presupuesto de la gala y que pagaría con los beneficios de la noche.
Sarah asintió, se guardó la carpeta en el bolso y echó una ojeada a las mujeres que llenaban las bolsitas de regalo con obsequios caros de diversas tiendas.